Hombre lleva 8 años viviendo en una alcantarilla

Nació en Armenia hace 58 años y se llamaba Darío Acosta hasta que en la calle heredó el nombre de su mejor amigo: Lucas. Él dice que en toda familia siempre hay un juicioso, un rico y un vago: Dario era el vago.
Estudió la primaria a regañadientes. Sus hermanas soñaban con tener una familia, ser profesionales o tener un negocio para mantenerse. Él no deseaba nada. Ya había aprendido lo más importante: leer, escribir y sumar. Siempre sumar porque restar es sinónimo de perder y eso no le interesaba.
A los doce años se cansó, de la cantaleta de su familia que le pedía que estudiara, que hiciera algo con su vida, que si quería ser presidente o ministro tenía que ser juicioso. Un día salió con los oídos aturdidos de tanto consejo y así recorrió las calles, urbanizaciones y hasta otras cuidades.
 Llegó a Cúcuta y allí se hizo ayudante de un comerciante. Cruzó la frontera y se vino a vivir a Caracas un tiempo a Caracas. Durmió en las bancos de los parques, se alimentó de la basura, conoció las residencias y pernoctó al lado de prostitutas. A los 18 años recogió sus pasos y regresó a Armenia como el hijo pródigo. No soportó los consejos y regaños de su madre nuevamente así que se va a Colombia.
Vivió por seis meses en una cueva en San Agustín y aprendió de los extranjeros a hablar inglés. Luego estuvo en Cauca y Nariño buscando como refugio la naturaleza. Pasados los 30 años decidió conocer la capital. En los pueblos decían que en Bogotá nadie se moría de hambre, que había dinero para todos. Con ese pensamiento tomó un autobus.
Ahora, el búnker en el que vive desde hace 8 años tiene algo que no tienen las calles bogotanas, hace calor. Es un espacio apenas más grande que un baño, o más parece una tumba doble. Tiene una altura de 1.20 m. mide un poco más de dos metros de largo y uno de ancho. Es un cuarto sin salidas, sin laberintos, sólo un cuarto lleno de cables y varillas metálicas.
Huele a humedad. Por las paredes se filtra agua. El dueño aclara que no hay mal olor. Es cierto. Con una vela ilumina las paredes para mostrar que no tienen hongos. Luego detiene la luz en un espacio donde empiezan a germinar unas manchas negras y aclara que cuando se forman esas manchas, debe limpiar. Lo hace cada 15 días con una mezcla de nitrato de plata y otros químicos. El compuesto quema las manos, pero así como quema la piel también mata los hongos, espanta las ratas, ahuyenta las cucarachas y es un repelente para moscos y zancudos.
Fue mendigo hasta que encontró un hogar bajo las calles bogotanas. Hace ocho años se estableció en esa cueva urbana donde no paga arriendo ni servicios. Allí ha tenido amantes, ha pasado borracheras y resacas. En la época de drogadicción, ese espacio era cómplice de los pinchazos con heroína.

No hay comentarios: