Estamos lejos de comprender
el salto cualitativo que supone pasar de la actividad neuronal del cerebro a la
experiencia consciente
La consciencia no es un
fenómeno todo-o-nada, sino que existen diversos niveles de consciencia. Y la
transición de la inconsciencia a la consciencia no es simplemente un cambio de
una inactividad a una actividad neuronal, sino que supone un cambio en lo que
hacen las neuronas, cambio que hoy por hoy es desconocido. El dualismo que
subyace a algunas de las teorías sobre la consciencia plantea la cuestión de
cómo superarlo, ya que este dualismo no ha podido aclarar cómo es posible que
un ente inmaterial pueda interaccionar con la materia que es el cerebro.
Estamos lejos de comprender el salto cualitativo que supone pasar de la
actividad neuronal del cerebro a la experiencia subjetiva de la consciencia.
Por Francisco J. Rubia.
La consciencia es un enigma,
probablemente el mayor enigma tanto en filosofía como en ciencia. Las
cuestiones fundamentales que plantea son: ¿qué es la consciencia? ¿de dónde
procede? y ¿para qué sirve?
El filósofo australiano
David J. Chalmers distingue entre los “problemas fáciles” y el “problema duro o
difícil” (hard problem) de la consciencia. Los problemas fáciles tratan la
consciencia como una facultad mental más y analizan temas como la
discriminación entre estímulos sensoriales, la integración de la información
para guiar el comportamiento o la verbalización de estados internos, cómo se
integran los datos sensoriales con la experiencia del pasado, cómo focalizamos
la atención o lo que distingue el estado de vigilia del sueño. Pero el
“problema difícil” de la consciencia es saber cómo los procesos físicos
cerebrales dan lugar a la consciencia, cómo las descargas de millones de
neuronas pueden producir la experiencia consciente, la experiencia subjetiva.
El psicólogo californiano
Michael Gazzaniga dice que el hemisferio izquierdo es dominante para la mayoría
de las funciones cognoscitivas, como la resolución de problemas, mientras que
el hemisferio derecho es muy deficiente para resolver problemas difíciles. El
resultado de muchos años de investigación sobre el cerebro hendido le hace
concluir que el hemisferio derecho tiene una experiencia consciente muy
diferente de la exacta y literal del hemisferio izquierdo.
Aunque ambos son
conscientes, la consciencia del cerebro izquierdo supera con mucho a la del
derecho. ¿Cuál sería pues el sustrato neuronal que hace surgir estos dos tipos
de consciencia en los hemisferios cerebrales? Existe un “vacío explicativo”,
como dice el filósofo de Harvard, Joseph Levine, entre las funciones cerebrales
y la experiencia subjetiva.
La cuestión fundamental es,
pues: ¿cómo podemos superar el abismo que separa lo objetivo y lo subjetivo, el
cerebro y la experiencia consciente? Es un planteamiento muy parecido al
planteamiento tradicional cuerpo/alma o mente/cerebro, que han discutido los
filósofos desde hace más de 2.000 años. Y aún siguen discutiendo.
Otra cuestión que se plantea
es la siguiente: si un sistema, como el cerebro, puede resolver problemas y
procesar información de manera inconsciente, ¿para qué sirve la consciencia?
Algunos filósofos afirman
que cuando comprendamos suficientemente bien el funcionamiento del cerebro, el
concepto de consciencia se disipará del mismo modo que se disipó el concepto
del flogisto una vez que se comprendió el proceso de la oxidación. El flogisto
era un hipotético constituyente volátil de todas las sustancias combustibles
que, según se creía, se liberaba en forma de llama durante la combustión.
Sir Charles Sherrington,
premio Nobel de Medicina y Fisiología del año 1932, era de la opinión que la
consciencia era científicamente inexplicable. Y el psicólogo Stephen Pinker, de
la Universidad de Harvard, piensa que puede que podamos entender la mayoría de
los detalles de cómo funciona la mente, pero la consciencia puede permanecer
oculta. También el filósofo británico Colin McGinn opina que el problema es
demasiado difícil para nuestras mentes limitadas, añadiendo que estamos
cerrados cognoscitivamente ante ese problema. Afortunadamente, no todos los
científicos y filósofos piensan lo mismo.
Definición de consciencia
La consciencia es un
concepto que entendemos intuitivamente, pero que es difícil o imposible de
describir adecuadamente en palabras. Se puede decir que consciencia es el
estado subjetivo de apercibir algo, sea dentro o fuera de nosotros mismos.
No existe ninguna definición
consensuada de la consciencia. Pero consciencia significa experiencia
subjetiva, o sea, lo opuesto a objetividad. En algunos escritos la consciencia
es considerada sinónimo de mente. Pero la mente incluye procesos mentales
inconscientes, y puede definirse como el funcionamiento del cerebro para
procesar información y controlar la acción de manera flexible y adaptativa.
La consciencia tiene
contenidos, pero aunque pueda tener una enorme variedad de contenidos no puede
tener muchos al mismo tiempo. La consciencia no es un fenómeno pasivo como
respuesta a estímulos, sino un proceso activo de interpretación y construcción
de datos externos y de la memoria relacionándolos entre sí.
Se ha equiparado la
consciencia a la vigilia, pero estar despierto no es lo mismo que ser
consciente de algo en el sentido de apercibirse de algo. En el sueño podemos
apercibir imágenes mentales visuales o auditivas.
Los actos voluntarios y la
toma de decisiones son aspectos importantes de la experiencia consciente. Por
ello, uno de los significados más comunes de consciencia es que es un sistema
de control ejecutivo que supervisa y coordina las actividades del organismo.
Para el profesor de
psicología de la Universidad de Princeton, Philip Johnson-Laird, el cerebro es
un sistema organizado jerárquicamente que procesa información en paralelo y
cuyo nivel más alto que controla la conducta corresponde a la consciencia,
aunque interacciona con varios subsistemas inconscientes.
Se ha considerado a la
consciencia íntimamente relacionada con la memoria operativa, la atención y el
procesamiento controlado. La memoria operativa es importante para la solución
de problemas, la toma de decisiones y la iniciación de la acción. La relación
con la atención es clara: prestar atención a algo es ser consciente de ese algo.
El ejemplo más clásico de atención selectiva es el conocido como “efecto
cocktail party”, por el que seleccionamos información interesante en medio de
un gran ruido de fondo.
También se ha considerado la
consciencia como sinónimo de auto-consciencia. Pero como se puede ser
consciente de muchas cosas que no son la propia persona, hoy se estima que la
auto-consciencia es una forma especial de la consciencia.
Todo el mundo sabe lo que es
consciencia, dicen el fallecido premio Nobel Francis Crick y su colaborador
alemán Christof Koch, pero mientras sepamos tan poco de ella, lo mejor es no
dar ninguna definición que pueda inducir a errores o que sea restrictiva, o
ambas cosas a la vez.
En la bibliografía
anglosajona se utilizan dos palabras distintas que en español se suelen
traducir por consciencia. La primera es “awareness”, que yo traduzco por
apercepción; la segunda es "consciousness" que se traduce por
consciencia. Esta diferenciación es importante, ya que existe la expresión en
inglés “unconscious awareness” que se traduciría por “apercepción
inconsciente”, lo que sería imposible si la palabra “awareness” se tradujese
por consciencia, como suele hacerse.
Algunos autores definen la
apercepción como un estado en el que tenemos acceso a cierta información que
puede usarse para controlar la conducta. La consciencia está siempre acompañada
de apercepción, pero la apercepción no tiene por qué estar acompañada por
consciencia.
Se pueden distinguir dos
tipos de consciencia. La consciencia primaria, que es la experiencia directa de
percepciones, sensaciones, pensamientos y contenidos de la memoria, así como
imágenes, ensueños y sueños diurnos. La consciencia reflexiva es la experiencia
consciente per se. Este tipo de consciencia es necesaria para la
auto-consciencia, que implica darse cuenta de ser un individuo único, separado
de los demás, con una historia y un futuro personales. La consciencia reflexiva
incluye el proceso de integración, o sea, de observar la propia mente y sus
funciones; con otras palabras: conocer que se conoce. En realidad, la
experiencia consciente en el humano adulto normal implica tanto la consciencia
primaria como la consciencia reflexiva.
Características de la
consciencia
William James, padre de la
psicología norteamericana, en sus Principios de Psicología describió cinco
características de alto nivel de la consciencia que aún siguen vigentes. Son
las siguientes:
1) Subjetividad: Todos los
pensamientos son subjetivos, pertenecen a un individuo y son sólo conocidos por
ese individuo
2) Cambio: Dentro de la
consciencia de cada persona, el pensamiento está siempre cambiando
3) Intencionalidad: La
consciencia es siempre de algo, apunta siempre a algo
4) Continuidad: James
utilizó siempre la expresión “curso de la consciencia” para dar a entender que
la consciencia parece ser siempre algo continuo
5) Selectividad: Aquí James
se refirió a la presencia de la atención selectiva, o sea que en cada momento
somos conscientes de sólo una parte de todos los estímulos
A pesar de la enorme
variedad de percepciones y pensamientos de naturaleza siempre cambiante,
tenemos la impresión de que nuestra consciencia es algo unificado y continuo.
Esta sensación de unidad de la consciencia algunos autores la consideran una
ilusión.
Algunas teorías sobre la
consciencia
Al igual que entre los
filósofos post-cartesianos había diversas teorías, como la teoría del doble
aspecto de Spinoza, el ocasionalismo de Malebranche, el paralelismo de Leibniz
y su doctrina de la armonía preestablecida, hoy existen diversas teorías de la
consciencia.
La teoría “clásica” ha sido
la postulada por el psicólogo norteamericano William James en el siglo XIX.
Para James, la consciencia es una secuencia de estados mentales conscientes,
siendo cada uno de estos estados la experiencia de algún contenido concreto.
James pensaba también que la consciencia tiene que haber tenido un propósito
evolutivo, por lo que trataba la consciencia como una función y no como una
entidad.
En el siglo XVIII el biólogo
suizo Charles Bonnet intentó resolver el dilema introduciendo el llamado
“epifenomenalismo”, una idea que después asumió también el biólogo británico
Thomas Huxley. El epifenomenalismo acepta que la mente y el cuerpo están hechos
de diferentes sustancias, pero la mente no tiene influencia sobre el cuerpo,
aunque está causada por el cerebro. Los sucesos mentales son productos
accesorios de los sucesos materiales.
La teoría basada en un
dualismo cartesiano postula que la mente, alma o espíritu es inmaterial y la
autoconsciencia, como propiedad de esa mente, está separada del cerebro que es
físico e inconsciente. Esta teoría ha sido mantenida por Karl Popper y John
Eccles; con este último yo colaboré en la Universidad del Estado de Nueva York
en Buffalo en su periodo tardío de laboratorio en 1975. El problema que plantea
esta teoría es que no explica cómo se produce la experiencia subjetiva, ni
tampoco cómo funciona la interacción entre un ente inmaterial y otro material.
Otra teoría es la sostenida
por Stuart Hameroff y Roger Penrose que supone que los microtúbulos, que se
encuentran en toda célula nerviosa, están designados para permitir la
coherencia cuántica y las conexiones cuánticas en todo el cerebro. La
dificultad es que no explica cómo surge la experiencia subjetiva por lo que
muchos autores concluyen que la teoría cuántica de la consciencia sustituye un
misterio por otro. Penrose es también de la opinión que el fenómeno de la vida
mental requiere un conocimiento de la física que aún no tenemos.
Superveniencia
El filósofo coreano Jaegwon
Kim utiliza el término “superveniencia” (supervenience) para expresar el hecho
de que un ámbito o dominio está determinado por otro. Por ejemplo, las
propiedades biológicas supervienen o son supervenientes a las propiedades físicas,
porque las propiedades biológicas de un sistema están determinadas por sus
propiedades físicas. En una tabla de madera, por ejemplo, la madera superviene
a las moléculas y las moléculas supervienen a los átomos. Lo mental sería,
pues, superveniente a lo físico. La mente sería al cerebro como el rayo a las
partículas cargadas eléctricamente.
Los electrones tienen masa y
rotación, pero la electricidad tiene potencial e intensidad. Los componentes
químicos tienen densidad y conductividad, mientras que los organismos
biológicos tienen crecimiento y reproducción. A cada nivel hay propiedades
distintas, propiedades “emergentes”. Sin embargo, la superveniencia no explica
por qué y cómo la mente emerge del cerebro.
Los neurobiólogos Gerald
Edelman, premio Nobel de Fisiología y Medicina de 1972 por sus trabajos sobre
el sistema inmunológico, y Giulio Tononi, proponen que la consciencia emerge
cuando grandes grupos de neuronas forman un núcleo dinámico en el cerebro con
conexiones que forman bucles entre la corteza y el tálamo. A estas conexiones
Edelman les llama “mapas de reentrada”, parecido a lo que el psicólogo
británico Nicholas Humphrey denomina “bucles de realimentación reverberantes
sensoriales”. La idea en ambos es que el cerebro se refiere a sí mismo y esto
es lo que desencadena la consciencia.
La alternativa al dualismo
es el monismo que plantea que el cuerpo y la mente están hechos de la misma
sustancia. Los idealistas piensan que todo es mental, los materialistas que
todo es material. El filósofo Spinoza pensaba que sólo existía una sustancia y
que la sustancia tenía dos propiedades: que era consciente y que tenía
extensión.
Un ejemplo típico de la
postura materialista es la sostenida por el filósofo francés Julien Offroy de
LaMettrie que en su obra L’Homme machine (El hombre máquina) decía que la mente
es una máquina hecha de materia y que el pensamiento era un proceso material.
Y el filósofo británico
Bertrand Russell pensaba que lo mental y lo físico son diferentes formas de
conocer la misma cosa, la primera por la consciencia y la segunda por los
sentidos. La consciencia nos da un conocimiento directo, inmediato, de lo que
hay en el cerebro, mientras que los sentidos pueden observar (posiblemente
ayudado por instrumentos) lo que hay en el cerebro. La consciencia es,
básicamente, otro sentido, un sentido que, en vez de percibir colores, olores o
sonidos, percibe la verdadera naturaleza del cerebro.
Dudas sobre lo mental
El materialismo eliminativo
es la doctrina que postula que los estados mentales no existen, o, al menos,
que la terminología es equivocada y debería abandonarse. Tanto el filósofo
alemán Paul Feyerabend como el filósofo norteamericano Richard Rorty niegan la
existencia de lo mental. Lo mental no es más que un mito. Y el neurocientífico
norteamericano Paul Churchland dice que lo mental es el sujeto de la
“psicología popular”, y la psicología popular no es una ciencia. Adscribimos
estados mentales a los individuos, pero en realidad sólo existen procesos
cerebrales.
El filósofo estadounidense
John Searle piensa que la consciencia no puede reducirse a los procesos
neuronales que la causan, pero que la consciencia es una característica
biológica del cerebro. Searle ataca tanto al dualismo como al materialismo
diciendo que la división del mundo en materia y mente es arbitraria y
contraproducente. En su opinión tenemos que tener en cuenta que la consciencia
está causada por procesos cerebrales, pero no puede ser reducida a esos
procesos porque es un fenómeno de “primera persona”, o subjetivo, mientras que
los procesos cerebrales son fenómenos de “tercera persona”, es decir objetivos.
El psicólogo norteamericano
Julian Jaynes estudió los documentos históricos, arqueológicos y biológicos de
civilizaciones antiguas, llegando a la conclusión que hace unos 3000 años los
humanos no tenían aún consciencia. Dependían aún, como otros primates, de
reacciones aprendidas. Los individuos de civilizaciones desarrolladas antes de
los 1000 años a.C. (en Asiria, Babilonia, Mesopotamia, Egipto) no eran
verdaderamente conscientes. Libros antiguos, como la Ilíada o la Biblia fueron
compuestos por personas no conscientes que no distinguían entre los sucesos
reales y los imaginarios. Los personajes de esos libros actuaban
inconscientemente tomando decisiones confiando en voces, en alucinaciones.
Según este psicólogo la consciencia apareció en la Odisea y en las partes más
recientes de la Biblia, hará unos 3000 años. Lógicamente, estas afirmaciones
han sido muy discutidas.
El antropólogo británico
Kenneth Oakley planteó que existirían tres niveles de consciencia que
corresponderían a tres capas evolutivas del cerebro: la apercepción, controlada
por las regiones más antiguas del cerebro y relacionada sólo con el
condicionamiento; la consciencia, controlada por la corteza cerebral y el
hipocampo y relacionada con la representación interna del mundo; y, finalmente,
la auto-consciencia, dependiente de las regiones más modernas de la corteza
cerebral y relacionada con la representación interna de la propia representación
interna.
El lingüista sueco Peter
Gardenfors ve en el lenguaje el último estadio en el proceso que lleva a la
consciencia humana. Piensa que primero estuvieron las sensaciones, luego la
atención, las emociones, la memoria, los pensamientos, la planificación, el yo,
el libre albedrío y, finalmente, el lenguaje. La mayoría de estas facultades no
son únicas en los humanos, ya que la mayoría de los mamíferos tienen emociones
e incluso pensamientos. Los chimpancés llegan hasta la planificación, pero sólo
los humanos tienen consciencia de sí mismos y lenguaje. Todos los animales
tienen un cierto grado de consciencia, pero sólo mamíferos y aves tienen
corteza que les permite representaciones separadas de la realidad por lo que
pueden adivinar y planificar. Los pensamientos son representaciones internas
del mundo, lo que permite a los animales que los tienen separarse del mundo
inmediato, pudiendo crear más de un curso posible de acción.
Red de funciones cognitivas
El yo sería para Gardenfors
un fenómeno emergente, una propiedad que surge de una red de funciones
cognoscitivas relacionadas entre sí. El lenguaje, como último estadio en el ser
humano requiere una representación interna sofisticada, que son los símbolos.
Las representaciones de otros animales no están suficientemente separadas de la
realidad exterior.
Nicholas Humphrey dice que
ser consciente es tener sensaciones, como algo opuesto a las percepciones. Los
animales desarrollaron dos formas de representación de la interacción entre el
cuerpo y el entorno: unas cargadas de afecto que son las sensaciones y otras
neutrales con respecto a los afectos que son las percepciones. Para Humphrey
tenemos un “ojo interior” que se comporta como cualquier otro sentido, menos en
el hecho de que su objeto es el propio cerebro. La consciencia me permite
percibir el estado de mi cerebro.
El neurofisiólogo
norteamericano William Calvin propuso la teoría llamada “darwinismo mental”.
Según esta teoría, lo mismo que el sistema inmunológico y la evolución de las
especies están impulsados por la selección natural, la vida mental también lo
está. Los pensamientos se producen inconscientemente y el proceso darwiniano
elige los mejores. Para Calvin, lo que pensamos está siempre en función de la
acción; los pensamientos son sólo movimientos que no han sido aún realizados.
El psicólogo estadounidense
Marcel Kinsbourne cree que la consciencia no es un producto de la actividad
neural, sino la actividad neural misma. El cerebro no genera consciencia, sino
que es consciente, por lo que no es necesario buscar una región que genere
consciencia; no es la región lo que importa, sino el estado del circuito;
cualquier región del cerebro puede ser consciente si sus circuitos están en un
estado apropiado.
El matemático danés Tor
Norretranders piensa que la consciencia no contiene casi ninguna información.
La mayoría de los procesos mentales nunca alcanzan la consciencia. El cerebro
descarta cantidades ingentes de información antes de que tenga lugar la
consciencia, aunque esta información descartada tenga influencia sobre nuestra
conducta. Esto significa que la consciencia trata sobre todo de lo que ocurre
dentro de nosotros y no fuera. Los datos sensoriales se procesan de acuerdo con
estructuras cerebrales y se comparan con los contenidos de la memoria,
volviendo a ser procesados, y luego surge una sensación consciente. En esta
sensación poco queda de los datos sensoriales originales. Nunca podemos
experimentar los datos sensoriales originales, sino que experimentamos sólo los
productos terminados. Con otras palabras: nuestro cerebro conoce mucho más de
lo que conoce la consciencia.
Con esto no agotamos todas
las teorías existentes sobre la consciencia, pero he elegido las que me
parecieron más relevantes. Como vemos, hay opiniones para todos los gustos.
Origen y evolución de la
consciencia
¿Cómo surge la consciencia
en un individuo y cómo surgió en la evolución? Todos creemos que los humanos no
nacen con consciencia y que la vida, como fenómeno natural no fue originalmente
consciente. Existe, pues, un problema ontogenético, de cuándo surge la
consciencia en un individuo, y un problema filogenético, de cuándo surgió la
consciencia de la materia, si fue repentinamente en una especie determinada o
por el desarrollo de ciertas estructuras cerebrales. La auto-consciencia surge
en el niño en la segunda mitad del segundo año de vida, y depende de la memoria
episódica y de la capacidad para la consciencia reflexiva.
Ya mencionamos que el
psicólogo norteamericano Julian Jaynes piensa que surgió muy recientemente en
el ser humano, en la época homérica. Por el contrario el neurofisiólogo
australiano John Eccles pensaba que surgió con el neocórtex de los mamíferos y
la bióloga norteamericana Lynn Margulis es de la opinión que la consciencia es
una propiedad tan antigua como la vida de organismos unicelulares simples, hace
miles de millones de años. Otros científicos piensan que la consciencia surgió
por la necesidad de comunicación con otros individuos, es decir, que fue
cercana al lenguaje. El filósofo austriaco Karl Popper decía que la consciencia
emerge con el lenguaje, tanto ontogenética como filogenéticamente.
El psicólogo británico
Nicholas Humphrey coincide con la opinión de que la función de la consciencia
es la de interacción social con otras consciencias. La consciencia aporta a los
humanos un modelo explicativo de su propia conducta y esta facultad es útil
para la supervivencia; con otras palabras: los mejores psicólogos son los que
mejor sobreviven. Al entender la propia mente, entienden también la mente de
los demás y eso supone una ventaja evolutiva importante.
Sin embargo, la consciencia
difícilmente contribuye a la supervivencia. Muchas veces nos deprimimos cuando
pensamos en cosas futuras, como la vejez o la muerte. La consciencia muy a
menudo resulta en una menor determinación y perseverancia. Visto así, no parece
que sea el producto de una evolución darwiniana porque realmente lo que hace es
debilitar nuestro sistema de supervivencia en esos casos.
El lingüista estadounidense
Merlin Donald planteó que la mente moderna con pensamiento simbólico surgió de
una forma de inteligencia no simbólica por absorción gradual de sistemas nuevos
de representación. La mente humana se desarrolló en cuatro estadios que
coinciden con los estadios de crecimiento cognoscitivo en humanos modernos. Los
homínidos más antiguos estaban limitados a representaciones episódicas del
conocimiento. La memoria episódica era útil para aprender asociaciones
estímulo-respuesta, pero no podía recuperar memorias independientemente de las
señales del entorno, es decir, no podía pensar. Estos seres episódicos vivían
sus vidas totalmente en el presente.
El Homo erectus desarrolló
un sistema “mimético” de representación. La mente podía recuperar memorias
independientemente del entorno y era capaz de re-describir la experiencia. La
mente tiene una representación del mundo y es capaz de adaptarse continuamente
a los nuevos conocimientos. Estas representaciones permitían al individuo
comunicar sus intenciones y deseos. En este estadio existía una especie de
memoria colectiva. En el tercer estadio, el Homo sapiens adquirió el lenguaje
y, por consiguiente, la capacidad de construir relatos y formar mitos que
representan modelos integrados del mundo por los que los individuos podían
generalizar y predecir acontecimientos. El lenguaje permitió contar historias
en grupo.
Hace unos 50.000 años los
humanos comenzaron a almacenar contenidos de memoria en el mundo exterior en
vez de en sus cerebros (pinturas rupestres, figuras, calendarios, etc.).
Finalmente, con la escritura, hará unos 10.000 años, los humanos modernos
alcanzaron capacidades representativas simbólicas y la lógica. Es la mente
“teórica”.
En otro orden de cosas se
estima que existen unos 10.000 millones de células corticales en el hombre
moderno, de los que 1.000 millones estarían en relación con el cuerpo. Así que
8.900 millones se utilizarían para procesos internos y para las conexiones con
otras neuronas del sistema. Se estima que el cerebro del Australopiteco tendría
3.500 millones de neuronas por encima de las relacionadas con el cuerpo,
comparadas con los 2.000 millones del gorila y los 2.400 millones del
chimpancé.
El Homo habilis tendría unos
4.500 millones de interneuronas y el Homo erectus 7.000. Respecto al volumen,
el Australopiteco tenía un cerebro de 500 c.c. frente a los 450 c.c. del
gorila. El Homo habilis tenía unos 700 c.c., el Homo erectus unos 950-1050 c.c.
y el Homo sapiens 1.350 c.c. Sin embargo, parece que el número de células no es
determinante. El lingüista y neurólogo alemán Eric Lenneberg dice que el cambio
más importante durante la expansión cerebral fue la interconexión entre las
células
http://www.tendencias21.net/La-consciencia-es-el-mayor-enigma-de-la-ciencia-y-la-filosofia_a4026.html

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