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EL LEGADO DE CHARLES LOUNSBERRY


POR GIUSEPPE ISGRÓ C. En 1947, Walter Dupouy escribió un artículo en el cual reproducía un extraño documento. Dicho texto, apareció, posteriormente, en la Revista Suma Universitaria, de la Universidad Santa María, en Venezuela.
Todo se encuentra vinculado con uno de los más hermosos mensajes que se pudiesen leer, contenido en un testamento, y con un legado excepcional. Su autor era Charles Lounsberry. Si nos atenemos a lo allí reseñado, se trata de uno de los hombres más perceptivos de la realidad universal.
Charles Lounsberry nació en Norteamérica, desconociéndose la fecha de nacimiento; pasó a mejor vida en 1898, en Chicago. Fue un ser sencillo, visto, quizá, con menosprecio por incontables contemporáneos suyos. Es una clase de personas de las cuales la sociedad apenas se ocupa, y gran número de personas estiman que han cumplido su deber, cuando depositan, en sus manos, unas pocas monedas. Empero, mientras existan personas así, en el mundo, nadie podrá ser enteramente feliz, por cuanto la suerte del uno afecta a la totalidad, por la interrelación del todo con las partes, por muy alejadas que puedan encontrarse una de otra. Cuantos ni siquiera perciben que en esos seres aflora, en sus ojos, la huella de la Divinidad, o, mejor dicho: la Divinidad misma.
Charles Lounsberry, era una persona especial, de profunda percepción, como lo denota el documento que reproducimos, explicativo por sí mismo, para deleite de los lectores. Es posible que induzca a la reflexión y al anhelo sincero de modificar la estructura de la actual sociedad hasta transformarla en lo que se denomina la nueva edad de oro. Seguramente, hacia el año 30.000 de nuestra era, habremos alcanzado ese estado de conciencia. He aquí el mencionado legado:
-“Yo, Charles Lounsberry, de sana y bien dispuesta mente y memoria, hago aquí público esta mi última disposición y testamento, con el fin de distribuir mi participación en el mundo, entre los hombres que me sucedan.
-“Siendo insignificante y de poca monta aquella parte de mi participación, conocida, en derecho, como mi propiedad, de ella disposición alguna no hago. Mi derecho a la vida, siendo sólo una propiedad vitalicia, no se halla a mi disposición, pero, exceptuadas todas estas cosas, todo lo demás que hay en el mundo comienzo a legar y transmitir.
-“Artículo I: Dejo a los buenos padres y madres, en custodia para sus niños, todas las buenas palabras de elogio y aliento, y todos los raros epítetos de cariño y encariñamiento; encargo a dichos padres de usarlos con justicia, pero generosamente, como los actos de sus niños lo requieran.
-“Artículo II: Dejo a los niños, inclusive, pero sólo por el término de su niñez, todas y cada una de las flores de los campos y los retoños de los bosques, con el derecho de jugar entre ellos libremente, de acuerdo con la usanza de los niños, previniéndolos, al mismo tiempo, contra los cardos y las espinas. Lego a los niños las riberas de los arroyos y las doradas arenas que bajo sus aguas reposan y de los sauces que en ellas se remojan, el aroma, y las blancas nubes que sobre los gigantescos árboles flotan. Lego a los niños largos, largos días para que en ellos sean, de mil maneras, felices; y la noche, y el tren de la Vía Láctea ante los cuales poder extasiarse, pero sujeto todo, sin embargo, a los derechos que más adelante concedidos están a los enamorados.
-“Artículo III: Lego a los muchachos, conjuntamente, todos los solares vacíos y públicos que útiles sean, donde pueda jugarse a la pelota; todas las placenteras aguas donde se pueda andar; todas las laderas de nieve cubiertas, donde poderse deslizar; y todos los arroyos y pozos donde se pueda pescar, o donde, llegado el ceñudo invierno, puédase patinar. Todo, para que disfruten por el período de la muchachez. Y todos los prados con sus flores de trébol y de ellos sus mariposas; los bosques con sus bellezas; las ardillas y los pájaros y los ecos y los raros ruídos; y todos los distantes sitios que visitados puedan ser, junto con las aventuras en ellos hallables, Y doy a dichos muchachos, a cada uno, su sitio propio en la noche junto al hogar, con todas las imágenes que en los maderos ardientes verse puedan, para que todo lo gocen sin trabas o impedimentos, sin embarazo o cuidado.
-“Artículo IV: A los enamorados, légales su mundo imaginario, con todo lo que necesitar pudieran, como las estrellas del cielo, las rojas rosas junto al muro, la floración del oxicanto, de la música las dulces notas, y toda otra cosa que desear pudieran para figurarse uno a otro de la belleza de su amor a la eternidad.
-“Artículo V: A todos los jóvenes conjuntamente lego todos los turbulentos, fortificantes deportes de la rivalidad, y déjoles hacia la debilidad el desden, y la intrépida confianza en sus propias fuerzas. Légoles el poder para sempiternas amistades hacer y compañeros poseer, y a ellos, exclusivamente, dejo todos los alegres cantos y coros que cantar con voces fuertes.
-“Artículo VI: Y para aquellos que no son niños, ni jóvenes, ni enamorados, lego memoria; y déjoles los tomos de las poesías de Burns y de Shakespeare y de otros poetas, de existir otros, con el fin de que vivir otra vez puedan de antaño los días, con entera libertad y absolutamente sin diezmos o disminuciones.
-“Artículo VII: A los seres queridos de níveas testas, lego la felicidad de la senectud y hasta que se duerman, el amor y la gratitud de sus hijos”.
Charles Lounsberry ha legado a la humanidad un tesoro incuantificable. Bien vale la pena meditar sobre su contenido.
Adelante.
 
Publicado por Giuseppe Isgró C. para VERDAD UNIVERSAL