El Capitán Edgar era un hombre de mar, ya retirado hace muchos años, que en sus ratos libres se dedicaba a la creación de ingeniosas figuras artesanales de madera: alacranes, arañas, serpientes, etc., siendo muy afortunados quienes guarden alguna de esas hermosas figuras –yo guardo un alacrán que me regaló en mi pasado cumpleaños, en franca alusión a mi signo zodiacal-. Para sus 64 años de edad el Capitán irradiaba un aura de juventud y la tranquilidad del guerrero luego de cien batallas ganadas.
Recuerdo que en una de nuestras últimas conversaciones le pregunté sobre cuál había sido la experiencia más impactante durante sus largos años en la marina mercante y que si en alguna oportunidad le tocó casar a algunos de sus pasajeros. El capitán me contó sobre varios motines que tuvo que enfrentar generados por pasajeros ebrios y también sobre aquella oportunidad en la cual encontrándose mar adentro, un tripulante en cubierta, en medio de un temporal, recibió un severo golpe en la frente lo cual le originó una herida en media frente hasta el lóbulo del ojo derecho y cómo se vio en la necesidad de cogerle él mismo los puntos al infeliz marinero ya que por lo general los dueños de los buques mercantes no contrataban médicos para ahorrar en la nomina.
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Atodas estas el malestar que me embarga en el momento en que redacto esta nota viene de no haber podido compartir un poco más con mi buen amigo Edgar antes de a su partida a los mares del más allá, recuerdo cuantas llamadas esquivé por encontrarme muy ocupado o por sencillamente no ponerle empeño a sentarme un rato con alguien que quizás tenía mil y una historias que contarme y que ya hoy es demasiado tarde para arrepentirme de ello.
| Aquí vemos al capitan junto a sus panas Marcanito y el pavo Kurt, en una de sus andanzas. |
¿Pero, acaso no somos así todos los amigos de ahora? ¿Alguien podría decirme que nunca esquiva llamadas o miente a la hora de una invitación a charlar o hasta a comer un helado? Yo lo he hecho, a mí me lo hacen a diario, en fin pareciera que en este mundo ya son pocos los amigos que realmente comparten un poco de esta vida tan dura, el resto son “amigos virtuales” o conocidos a quienes necesitamos llamar para que nos firme algún documento o nos facilite alguna cuestión.
Todas estas reflexiones me invadieron de súbito cuando el día sábado decidí sacar algo de tiempo para ir a internet a revisar mis tres correos electrónicos: franklinmarchetti@gmail.com, franklinmarchetti@hotmail.com y franklinmarchetti@yahoo.com. Como no tengo internet en casa debo completar el ritual de asistir a algún sitio web al menos dos veces a la semana. Mi rutina es la misma siempre: leer los correos, revisar - aprobar o rechazar- los comentarios que hacen mis lectores de el Blog de Marchetti y tratar de vislumbrar qué tema está en el tapete para mi audiencia de casi 2000 visitantes diarios.
Confieso que me quede congelado; allí frente a mis ojos se hallaba en mi página de Facebook la invitación pendiente del Capitán, quien desde hacía ya tanto esperaba por mi aceptación para seguir compartiendo sus cosas, sus pensamientos, sus fotos y sus links conmigo…
| El capitán junto a sus amigas Briyit y Carmen Brito, esta última lo acompañaría en sus momentos finales en este plano terrenal. |
Aunque no me escusa, conozco varias personas que cuando me encuentran conectado en el Messenger colocan de inmediato el estatus de “ausente” para tener la escusa de no intercambiar conmigo, a esas personas -muchas de ellas supuestos “amigos del alma” por quienes me he desvivido hasta ahora por demostrar mi aprecio-, luego que me cortan una conversación en dos o más ocasiones, (en especial me choca cuando culminan una frase con “que descanses” o “que tengas buenas tardes…”) las elimino definitivamente, pues, ¿por qué debo ocupar mi espacio con quién no dedica ni un minuto de su tiempo para saber cómo me va o en qué ando?
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| Uno de los libros más apreciados del capitan Fernández, con el cual comenzó su iniciación hacia el universo desconocido. |
Sin embargo, en este caso era yo quien cometía la falta de no aceptar en el Facebook a quien en la vida diaria me demostró su amistad sincera, solidaridad y más aún su afinidad de pensamiento. No tengo perdón de Dios, y por supuesto que la culpa no fue de Facebook, al contrario fue sólo mía.
Aprendí la lección, pues con todo el malestar que me generó mi propia indiferencia me di cuenta que si existe un medio tan maravilloso como Facebook para conocer a las personas que están a nuestro alrededor o incluso algo más distantes, ¿acaso es justo esperar que ya no estén entre nosotros para aceptarlos en Facebook?
| De derecha a izquierda: Marcanito, Francisco, el capitan, Marchetti y Carmen en una de tantas reuniones de trabajo. |
Hoy acepté su invitación, algo tardía, sin embargo Edgar, mi capitán, espero que donde quiera que te encuentres, allá en Nuestro Hogar, tengas un computador y acceso a tu Facebook para que de vez en cuando revises mis notas y te rías un poco de mis cosas y quién sabe si en algún momento tendrás un tiempito para contarme cómo te va por aquellos lados del universo.
| Último mensaje del Capitan que podemos ver en su cuenta de FACEBOOK, realizado el 17 de diciembre de 2011. |
¡Suerte Capitán! Nos veremos pronto… cuídate y disculpa lo tarde. Te repito no fue culpa de Facebook.





