Más de 50 horas después y tras novecientos
kilómetros de recorrido, al fin llegábamos al encuentro con nuestras raíces…
En
esta cifra resumo de la manera más abstracta posible todas las vicisitudes que
el equipo de mochileros integrados por la maestra Sirico Gil, el aguerrido Nelson
Perozo y mi persona, Franklin Marchetti, atravesamos desde nuestra partida de la
ciudad de Puerto La Cruz, estado Anzoátegui –al oriente venezolano para mis
lectores del extranjero- hasta la bien remota comunidad chamanica de Caño Pendare, a tres horas rio arriba por las
caudalosas aguas del Parguaza, imponente afluente del indomable Orinoco.
Nuestro
objetivo principal era el establecer la llamada “Ruta del Yopo” con la cual
lograr conectarnos con los poseedores originarios de esta sagrada medicina
amazónica y en especial la que conocen nuestros hermanos mayores Piaroas, con
quienes ya muchos han tenido contacto desde hace muchísimo tiempo.
En
segundo plano debíamos encontrar a como diera lugar-y antes de que se agotaran
por completo nuestros muy escasos recursos-, al reconocido chaman o
hombre-medicina José Luis Díaz, representante originario de esta etnia venezolana
asentada en plena la selva amazónica.
Aunque
inicialmente nuestra agenda señalaba como destino el Monte Sagrado de Autana y
al taita Bolívar como meta, una vez que llegamos a Puerto Ayacucho, capital del
estado Amazonas, nos pudimos informar con los baquianos de esta región que
Autana se encontraba mucho más lejos de lo que inicialmente suponíamos, quizás
tres o cuatro días más de tortuosos viajes entre ríos y andares a pie, por lo
que las tres mochilas de suministros y equipaje unido a lo poco de efectivo que
teníamos en los bolsillos nos indicaban que “por ahora” Autana era un lugar
imposible, más aún cuando un sargento del ejército de apellido Vargas que
amablemente nos orientó nos confirmó que debíamos tramitar un permiso especial
para poder aventurarnos a esta región mágica del país.
Visto
esto se nos recomendó que, como primer paso para conocer al Taita Bolívar y
adentrarnos en esa parte mística de la medicina ancestral de nuestros hermanos
indígenas debíamos encontrar un pariente suyo que es un taita reconocido, jefe
del Centro Chamanico de Parguaza y que suministra el conocido Yopo en
ceremonias a lo largo y ancho del país, y que por cosas del destino -que a
veces sopla a favor de nosotros-, el Chaman estaba en la zona, es decir en su
comunidad en “Caño Pendare”, pues, generalmente, se encontraba de gira por
Venezuela u otros países donde es invitado con frecuencia para exponer la cultura Piaroa y suministrar esta mágica
sustancia conocida mundialmente como abuelito
Yopo (Banipteriosis).
La etnia de los hermanos mayores Piaroas
| Habitantes de la ribera del río Parguaza. |
Los Piaroas, también conocidos como Wõthhã, son un grupo indígena de los bosques húmedos tropicales del estado Amazonas y el Distrito Cedeño, estado Bolívar.
Los piaroas tienen como hábitat la
selva de galería de la cuenca del Orinoco hasta el piedemonte andino. Son cultivadores
de yuca en régimen seminómada, se sabe que las vacas introducidas por los misioneros
jesuitas redujeron desde hace siglos sus posibilidades agrícolas, de pesca y
cacería. Sus kareka o chamanes continúan siendo algunos de los
mejores conocedores del Yopo, uno de
los alucinógenos más extendidos en la América Latina indígena.
Además de
las actividades directamente dirigidas a la obtención de alimentos, un aspecto
integral de su economía de subsistencia es la manufactura de varios artefactos
tecnológicos: cestas, alfarería, madereras, tinturas, venenos, tejidos,
mecates, antorchas, plumaje, collares, ceras, gomas, máscaras, cerbatanas, tela
de corteza y totumas.
Esta industria nativa se basa en el conocimiento y uso de un gran número de plantas del hábitat Piaroa. Los artefactos no solamente son utilizados en los trabajos explotativos, domésticos y religiosos sino también constituyen la base de un sistema intercomunitario de intercambio por medio del cual los Piaroa obtienen también los bienes occidentales (los cuchillos, anzuelos, ropa, mostacilla, etc.).
Esta industria nativa se basa en el conocimiento y uso de un gran número de plantas del hábitat Piaroa. Los artefactos no solamente son utilizados en los trabajos explotativos, domésticos y religiosos sino también constituyen la base de un sistema intercomunitario de intercambio por medio del cual los Piaroa obtienen también los bienes occidentales (los cuchillos, anzuelos, ropa, mostacilla, etc.).
| Ariel, el niñito albino de Parguaza |
Hoy día, el Alto Cuao, una zona cabecera de acceso difícil caracterizada por una topografía muy accidentada y cubierta por una capa densa de bosque, es uno de los últimos refugios de la cultura tradicional Piaroa.
Allí, los habitantes mantienen formas culturales relativamente autóctonas,
tales como: asentamiento disperso y semi-nómado, una tecnología simple en la
cual los artefactos tradicionales son todavía conspicuos, una economía de
subsistencia, una red de microcircuitos de intercambios comerciales entre
comunidades vecinas y la religión autóctona.
Otros Piaroas que han migrado río abajo son más transculturizados; ellos viven en comunidades nucleadas y sedentarias, están integrados a los mercados regionales, tienen contactos frecuentes con los pueblos criollos y han adoptado religiones occidentales.”
Otros Piaroas que han migrado río abajo son más transculturizados; ellos viven en comunidades nucleadas y sedentarias, están integrados a los mercados regionales, tienen contactos frecuentes con los pueblos criollos y han adoptado religiones occidentales.”
