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El celular del Demonio;aventuras de un oriental en medio de la jungla caraqueña.


Llegué a la capital del país aproximadamente a las 4:15 am del viernes 11 de mayo, según mi celular. Como siempre resulta más fácil para nosotros los orientales tomar un bus directo hasta La Bandera y de allí aguardar a que amanezca  para posteriormente llegar a la estación del metro que está a pata e`mingo del terminal y de esa forma luego adentrarnos en la selva de concreto desde sus entrañas.

Nunca he entendido por qué razón la administración del terminal de La Bandera mantiene cerrado el acceso a sus instalaciones hasta un poco más de las cinco de la mañana, lo cual hace que quienes llegamos muy de madrugada tengamos que aguardar a la intemperie por más dos horas en las afueras de sus instalaciones  corriendo el riesgo de ser víctimas inocentes de decenas de cafeteros, jugueros, taxistas, pedigüeños y cualquier otro tipo de vendelotodos que pululan por allí y que de tanto insistir me habían logrado meter  tres paquetes de galletas Oreo de chocolate en oferta 3 por 10, lo cual, sin embargo, aunque es mejor que ser asaltado te deja limpio igual.

Apenas mi teléfono Blackperry, modelo regalado, indicó que eran las 5:00 am –hora en que normalmente abro los ojos aunque siga dormido- un malhumorado funcionario salido de no sé de donde, armado de un guindalejo de cien llaves, se acercó pasmosamente a la puerta desde adentro y en menos de lo que termina el juego de las llaves en Max 3 –o como se llame- nos dio la entrada con el regaño a todo gañote: “los baños al final a la derecha”. Cuestión que me hubiese sido de gran utilidad media hora antes cuando, obligado por mi naturaleza humana, tuve que orinar en uno de los rincones más solitarios de las afueras del terminal. –Por lo menos no he sido el único en mear aquí- me dije mientras apuntaba al mismo lugar de donde corría un charco de orine recién regado.

Cuando mi celular repicó su alarma de las 5.30 AM –mi segundo aviso para despertar-, ya me encontraba rumbo a la estación del metro de Caracas. No tardé en llegar ni 15 minutos los cuales aproveché para joderle la vida a mi mujer, a mis mejores amigos y a mis colaboradores, todos por supuesto disfrutando de su "quinto sueño" y que recibirían este mensaje: “llegué bien, ya estoy en la capital, voy a coger el metro para llegar temprano a mi reunión. Saludos”. Sé muy bien que a ninguno de los que molestaba a esa hora le importaba un chorizo qué coño hacía yo en Caracas y a qué había venido y  lo más seguro es que me estarían mentarían la progenitora aquellos que acostumbran dormir con el celular encendido y puesto a la pata de la cama. Una risa morbosa me entrecruzó por los labios con solo pensar que a más de uno le había hecho madrugar.
Mi teléfono comenzaba a pedir carga cuando dieron las seis de la mañana, lo cual me recordó que era bueno comerme algo antes de llegar a la reunión, pues sabía cuan maratónicas resultan esas juntas de trabajo y como fui electo miembro con "Voz y Voto" por Anzoátegui más me valía llegar bien comidito para que no se transformara en "Bostezo y  Sueño" mi intervención.
Como me encontraba a unos pasos de la Asamblea Nacional, cuna de las más profundas reformas socialistas del país, un espíritu patrio me invadió por completo y decidí desayunarme en la primera empanadera que viera por los alrededores de la “Casa del Pueblo y el Poder Popular”. Hermano, créame,  por más que caminé y caminé y caminé dando vueltas en redondo -¿o existen vueltas que no lo sean?- finalmente opté por entrar a la galería que está justo al frente de la entrada al Palacio y al ver el letrero de Mac Donald no me quedó otra que dejarme llevar por el capitalismo salvaje y entrar en ese templo de la perdición donde para mi sorpresa pude comerme una arepa salvaje rellena de queso amarillo –color del vil metal orifico- y un jugo de naranja gringa todo por la exorbitante suma de 18 Bs y para colmo me obsequiaron el diario golpista “El Nacional”. Dios me salve de caer nuevamente en las garras de semejante anatema.

Como imaginaran al ver mi celular y percatarme que nadie aún había respondido mis mensajitos de las cinco de la madrugada me dije: “seguro que todavía están durmiendo”. Fue entonces cuando inicié el nuevo bombardeo contándole lo del Mac Donald frente a la Asamblea Nacional,  las arepas capitalistas y todo lo demás que a esa hora podía ocurrírseme – y vaya que se me ocurren vainas-.
Cada cierto tiempo …. 

Ya al final de aquel viernes de aroma logré salir apresuradamente de aquella maratónica reunión de trabajo y de inmediato enfile hacia San Martín, lugar donde pernoctaría ese día en compañía de la familia de una atenta camarada, miembro también de la comisión a la cual yo pertenecía. Mi carrera se debía a dos cosas fundamentalmente: la primera, al hambre acumulada por las largas horas de reunión y, en segundo lugar, a que todo oriental que no conoce la capital no es recomendable que lo agarre la noche por esas calles de Dios luego de caída la  tarde.

El bus recorrió un trecho tan largo que pude haber echado un camaroncito, sin embargo luché a brazo partido contra ese bajo instinto –muy humano por cierto- puesto que temía que si quedaba guindado fuese a parar quién sabe a qué lugar de Caracas.

Como a los veinte minutos mi lazarillo me indicó: "aquí está EPA", y a dos cuadras más nos quedamos. Habíamos llegado ya a San Martín.

Yo de inmediato al oír “San Martín”  recordé al instante  a  José Luis Rodríguez, no sé porqué.

Fue justo en ese momento que -me pareció eterno- y que quedó grabado en mis neuronas cerebrales, cuando me percaté de la tragedia que me sobrevenía en plena ciudad capital. Y es que  cuando instintivamente busque mi teléfono para ver la hora logré constatar que no estaba en el bolsillo derecho de mi camisa, y vi de inmediato que aparecía ante mí un túnel de luz en forma de remolino que giraba en el sentido de las agujas del reloj y que comunicó ese punto de la ciudad con aquella repisa contentiva de la replica de la espada del General Urdaneta, sobre  la cual dejé mi celular cargando, alla en la sala de reuniones.

—¡Dios mio dejé el teléfono en la sede!–exclamé como quien de repente abre los ojos por primera vez al mundo real.

Mi siguiente reacción lógica, espontanea e inmediata fue pretender tomar un bus para regresar “pa`tras” por mi querido teléfono móvil. Fue entonces que mi anfitriona, tomandome por el brazo me detuvo en seco.

—Espera Franklin, ya pasan de las 4 de la tarde y la sede está cerrada, no hay nada que podamos hacer, debes esperar a que la abran, de todas maneras todo queda bajo llave, nada le va a pasar al teléfono.

—Si, ok, gracias, mañana lo busco temprano.

—¿Mañana? Será el lunes, mañana sábado no trabajan.

Justo entonces  recibí el segundo shock en mi conciencia.

—¿Sábado? … Pero si hoy es….es…!viernes! ¡Hay Dios! 

¿Recuerdan el túnel aquel? Bueno ahora pareciera que todas las partes etéreas de ese torbellino volvían de una manera acelerada hacia mí. Una a una de esas partes comenzaron  a girar a mi alrededor, pero ahora en el sentido contrario a las agujas del reloj, veía  como los edificios, los vehículos, las personas , los postes , los avisos, todo se disolvía en ese huracán inmaterial que giraba más y más y más rápido, teniendo como centro de gravitación mi cabeza.

—¡Franklin!

Volví a la realidad con el grito de mi amiga quien luego de preguntarme si me encontraba bien me pidió que apuráramos el paso para llegar a la hora de la cena.

Unos cuantos minutos después, aunque no puedo asegurar si fueron 5, 10 o 30, llegamos a su modesto apartamento en San Martin,  en un bien ubicado edificio adyacente a la avenida principal. Una vez allí y luego de los saludos protocolares correspondientes al esposo, al hijo, al otro hijo, a la hija -BIEN GORDITA- y a la otra hija-catirita y bien bonita-, al bebecito, al otro bebecito, al perro, al otro perrito, al gato y al otro gatito, al perico y al otro periquito, respiré profundo, muy profundo y pedí el baño prestado para tratar de ordenar mis ideas.
—Pero no te lo vayas a llevar— escuche de unos de los hijos que no recuerdo bien si era uno o el otro.
Todos rieron a la vez, yo aún no logro entender el chiste.

Ya en el baño , sentado el retrete —aunque aquí en el oriente lo llamamos poceta—, meditabundo, fue cuando logré entender la realidad a la cual me enfrentaba. Pensé en primer lugar comunicarme con mi dulce esposa en Puerto La Cruz para decirle que no regresaría ese día tal y como teniamos planeado y  acordamos  que ella me esperaría en el terminal de pasajeros necesitaba de inmediato decirle que se fuera pues ahora debía aguardar hasta el lunes en Caracas.

—¡Coño!, ¿no me sé el número de mi esposa?

Inutilmente trate de buscar en las cavernas oscuras de mi memoria el numero de mi adorada media costilla… ¿comienza en 0414…? No, el de ella es 0416… no vale es 0426….

—¡Por los clavos de Cristo! No me sé el número de mi mujer…

Ante esta penosa confesión opté por  intentar mejor suerte con el teléfono de mi hija mayor, M.A.

—¡Por Barrabas, tampoco me lo sé!

Intente cuanta persona conozco y vaya que conozco decenas: mi mama, mi tía, algunos de mis hermanos, mi jefa, su esposo, su ayudante, mis compañeros de Kung Fu, los metafísicos, ex compañeros de la universidad, del Consejo Comunal, del partido, de la gobernación, socios de la cooperativa, alguna de mis ex mujeres, mis ex novias y hasta el teléfono de mi amante, a todos sin excepción los tenía fuera de mi cabeza.

—¡Por Belcebú y toda su corte infernal! ¿Cómo demonios es posible esto?
Allí quedé, sentado, cabizbajo, en medio del trance del retrete, sin saber si llorar o reír.
Un claro de luz penetró mi  mente. Recordé que hacía unos meses compré en los chinos de la calle Libertad una pequeña agenda de bolsillo, magnética, tipo acordeón, con tapadura metálica, para anotar los teléfonos más importantes ya que la memoria de mi celular había llegado a su límite y cada vez que quería guardar un numero nuevo debía fusilar a alguno de los que ya tenía almacenado.

Como pude estiré el brazo zurdo hasta el pantalón y, sin levantar mucho mi trasero de su dura faena de alivio corporal, halé hasta mí la prenda de vestir, tomé mi cartera y extraje el fulano directorio que, tal cual les dije, tenía como reserva para emergencias…
La tranquilidad volvió a mi espíritu y lo noté porque comencé a evacuar con mayor facilidad.

—A ver, a ver, “teléfonos de emergencia más importantes…” —leí—.

Mis manos iniciaron la exploración con sumo deleite de aquel pequeño directorio de cartera mientras mis ojos comenzaron a crecer hasta llegar al tamaño de dos fuertes de los viejos y mi estreñimiento volvió.

—¡No es posible! —grité—. ¿Nunca pasé los teléfonos?

De verdad que no recordaba ese detalle y es que nunca había tenido tiempo para pasar los números telefónicos a aquel respaldo y lo asombroso es que ya lo daba por hecho. Quiero decir en honor a la verdad que no soy una persona tan desmemoriada como pareciera, prueba de ello es que quienes me conocen pueden dar fe de que manejo mentalmente, mas de 10 constantes físicas con hasta 12 dígitos, la Constante de Planck, G de gravitación Universal —mi enemiga favorita— , la constante de Rydberg, e incluso puedo decirles el valor de Pi  hasta el digito 50 y aspiro llegar a los cien. También recito oraciones en latín, “la Clavícula de Salomón”, “La Conjuración de los Cuatro”, la de los siete, algunas otras formulas de antiguos Grimorios, poemas propios y hasta los poemas de “Los Niños del Infortunio” de Tarek Williams Saab —los cuales aprendí para echar una de esas jaladas de bolas que pasan a la historia— y, 
 pese a ello, sin embargo, en toda mi cabeza no existe ningún teléfono almacenado de nadie, absolutamente de nadie. ¡No tengo perdón de Dios!

A pesar de estar en blanco por completo,  dentro de aquella pequeña agenda telefónica hallé una tarjeta que por lo visto guardé en su interior para anotar su número. Se trataba de la tarjeta del Ing. Carlos Tovar Cabello, primo de Diosdado Cabello.  La tarjeta me la obsequió una vez asumió  su nuevo cargo  como Gerente General de una corporación del sur del país que suministra materiales industriales a PDVSA. Tovar, como buen amigo de la familia, era posible que tuviese en su directorio el número de alguno de los integrantes de mi entorno, que sé yo, mi esposa, mi hija, alguno de ellos por lo que la tranquilidad volvió a mi carne  gracias a él. No se lo he agradecido aún pero gracias a su tarjeta y a la tranquilidad  que me generó  saber que ya tenía el número telefónico de mi buen amigo Carlos Tovar,  pude concluir de manera satisfactoria mi evacuación. Gracias Tovar donde quiera que te encuentres por ayudarme a cagar.
Gracias hermano por ayudarme a cagar.
Una vez incorporado, volví al seno de la familia que me brindaba techo y cobijo por esa noche y ya afortunadamente para mí todo ese gentío estaba acuartelado, únicamente  una de las muchachas —la más gordita y feíta de las dos—, esperaba pacientemente en la sala para darme las instrucciones finales.

—Mama te esperó un rato y tuvo que irse a dormir porque el sueño la venció, pero me pidió que  te dijera que puedes dormir aquí en la sala, en el sofá —me señaló con la boca un grueso mueble—, en la cocina está tapada tu comida en el microondas, cualquier cosa mi cuarto es el primero de aquel pasillo —volvió a señalar con la boca—. Me llamas si necesitas algo.

—Ok, gracias, —dije mientras pensaba por qué no fue la flaca catirita la que me esperó.

Antes que la gordita se despidiera me dio tiempo para pedirle que me permitiera mandar un mensaje desde su celular para avisar “a la familia” que estaba bien.

—¡Cómo no mi lindo!, utiliza el de mi hermano Lorenzo que está allí en la repisa- señaló con la boca el sitio donde estaba el celular-, si quieres puedes llamar a cuanto teléfono quieras, pues tiene hablapegao de 3000 minutos y casi nunca los usa, el mío me lo quitó mi papa para que no me llamaran más mis novios.


Dio la espalda y meneando el rabo como una miss, entró con toda picardía a su habitación, la primera de cuatro y antes de cerrar la cortina de tela de flores, me lanzó un beso que gracias a dios esquive y pegó de la pared.

—Hay mi Dios, aguántate Marche, esto no es contigo, y recordé el viejo dicho de mi Presidente: “Águila no caza moscas”.  

De inmediato salté hasta el teléfono del hermano y con sumo desespero busqué la tarjetita aquella… a ver, Carlos…. 0414…..

Repica
Repica
Repica
Repica

—No joda Carlos atiende…

Repica
Repica
Repica

En estos momentos …

Colgué.

Creo que lo intente por 10 y hasta más veces. Al final recordé que mi buen amigo nunca atiende llamadas de teléfonos que no reconoce. Lo recordé claramente.

—Menos mal que no me vino a la memoria eso cuando estaba cagando—me dije.
Finalmente pensé mandarle un mensaje:

“Carlos soy yo Marchetti, mándame el número de mi esposa.”

Días después me enteré que mi buen amigo recibió el mensaje y dijo:

—¿Quién coño estará mamándome gallo haciéndose pasar por Marchetti, pidiéndome el numero de Loren? ¡Vayan a joder pal coño!

Esa noche, daba vueltas alrededor de la mesita donde reposaba el teléfono del hermano de la gordita. Cambiaba de posición, una, y otra vez. Esperando la llamada de mi buen amigo Carlos Tovar…

—Tengo hambre—me dije— y recordé que la gordita me dijo lo del microondas y sin quitarle la vista al teléfono, pues estaba en vibrador, di tres pasos hacia la cocina cuando me pareció verlo iluminar y regresé de inmediato. Falsa alarma. Esa escena la repetí por tres o cuatro veces hasta que dije: “pal coño Carlos, que llame cuando le dé la gana”.

Entré en total silencio a la cocina, ya eran más de las 11 de la noche, todos dormían excepto la gordita, que estaba como esperando algo ya que sentí que cambiaba el canal del televisor muy en silencio y había abierto la cortina de su habitación como diez dedos.

Decidí comer la comida sin calentar con el microondas para no hacer ruido alguno, caminaba descalzo en el frio piso de mármol de la cocina y en cuclillas.

—¡Coño es sopa! —me dije viendo que tendría que calentarla quisieralo o no.

Calculé de inmediato que por la cantidad de sopa debería meterle unos 40 segundos por lo cual procedí —muy a mi pesar— a botar un tercio del nutritivo liquido y quitar dos verduras con lo cual estimé que reducía el tiempo de calentamiento a 25 segundos.

Programé el microondas y pulsé Start…

—¡Ladrón! ¡Ladrón! ¡Ladrón!

Era el maldito loro que dormía en la cocina y no me había fijado que lo tenían en una jaula sobre la nevera. No paraba de gritar, y de verdad que la pena y el desespero me invadieron.
—¡Cállate loro del demonio!, ¡cállate!— le decía entre dientes pero con las ganas de tomarlo por el cuello.
El escándalo del avejusto ese dio la escusa perfecta para que la gorda viniera a la cocina, esta vez en una bata de dormir que dejaba entrever todo lo que Dios le dio en exceso. Era de verdad la resurrección de la carne en persona.
­—Roberto, siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, Franklin es amigo de la casa. —dijo la gorda que ahora me parecía tan sexi como Valentina de “mi gorda fea”,  mientras que me señalaba con la boca puyua como si me conociera de verdad de años.

Tomó una tela negra, cubrió la jaula del pajarraco pajuo y me explicó en bajo tono que su mama lo entrenó para que avisara si alguno de sus hermanos salía de madrugada a comerse la comida de la nevera, y  que habían olvidado taparlo. Tomó una jarra de agua de la nevera, dos vasos de vidrio  y dándome un beso en medio labio izquierdo me volvió a dar las buenas noches y con su tumbao de miss se regresó a su aposento, esta vez dejando abierta la cortina a la mitad.  
Tentaciones de media noche

—Quieto marchetico, quieto allí,  mira que la masa no está pa` bollo— me dije dirigiendo la mirada para abajo.
Sentirse solo en una ciudad tan grande como Caracas es una experiencia que te reduce a la mínima expresión. Más aún si a esa soledad le agregas que te encuentras desconectado de todo y de todos, que no existe forma alguna de saber de tus seres más queridos ni que ellos sepan de ti te produce una sensación similar a lo que algunos aseguran que es la muerte. Eso sentía, para mí me encontraba en un punto del espacio-tiempo donde no lograba ni avanzar ni retroceder, era el “no-tiempo” de Jhon Asford, el “Universo Paralelo” que tanto trata de explicar la doctora Rosaelena Salas en sus apasionantes charlas de inducción a la Ayahuasca. Para mí era simplemente un estado mental, y es que al no poder conectar con nadie mi pensamiento y mi sentir pasaron a ser todo mi universo. Recordé de inmediato a Ernesto Sábato y el primer libro que leí de él: “Yo y el Universo”. 

Era Franklin aquí y ahora, sin mensajes de texto que leer ni que responder,  sin llamadas que hacer y que recibir. Sabía que existían seres a los que amaba y anhelaba ver, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mi esposa, mis ex novias —menos aquella de Sucre, claro—, a todos ellos los quería, sentía en mi corazón algo hermoso por ellos, pero nada podía hacer para tenerlos a mi lado, nada. Créanme amigos invisibles —con tu permiso Uslar—, sentí que estaba muerto, sin existencia propia, me hallaba en otro plano existencia.

Conforme esa sensación que generó mi desconexión del teléfono celular avanzaba, ya no estaba en el frio sofá aquel de aquella sala, ya no existía más la gordita seductora, ni la deseada flaca que nunca vino, pero lo peor es que al no tener a mi lado el móvil no podía ver las fotos de mis niñas, de mis últimos eventos, de la conferencia de los Mayas, no tenía  acceso a mi álbum fotográfico y  poco a poco, hasta el recuerdo de mis familiares comenzó a desvanecerse de mi memoria. Ya no lograba visualizar a mis hijos, a mis padres, ¡a nadie!

Al amanecer de ese día recordaba claramente mis sueños, cosa que no es poco común en mí. Eran tan claros que pasaron a sustituir los recuerdos de las fotografías que tenía en el celular. Esa noche soñé con mi ciudad a la cual veía desde las nubes, miraba como millones de lucecitas titilando allá abajo mientras mi espíritu se elevaba más y más alto. Volé a los Altos de Santa Fe, mágico  enclave oculto en medio del Turimiquire, vi la casa de Jhon y de su amada Rosiris, la azulada piscina de su hogar, las sillas, los frondosos árboles, la gruta de Pacha Mama. 

Luego giré hacia el norte y decidí recorrer el mar, ese inmenso Mar Caribe, muy bravo hacia la costa, pero sumiso e inerte en sus adentros, me parecía estar inmerso dentro de un cuadro al oleo,  era como si con sus olas recias regañaba permanentemente la tierra y a sus moradores mientras que allá, mar adentro, cobijaba con un suave y tierno vaivén acompañado de un susurro a los pescadores que en faena se adentraban a él. Todo ello lo veía y me llenaba de un regocijo único y nunca antes experimentado por mí, era el Franklin etéreo, el puro, sin cuerpo, sin tiempo y sin espacio, sin recuerdos, sin pendientes,  todo era yo y a la vez yo le pertenecía a todo. Eso era existir.

El cantó de los pájaros que se posaban en el balcón de la sala fue ayudándome a abrir los ojos lentamente hasta volver a “la realidad”. Era sábado 12 de mayo, yo estaba durmiendo en casa de una colega docente que también forma parte de la Comisión la cual yo integraba. Podía ver a través de la sabana el tremendo agite de aquella numerosa familia, todos me suponían dormidos y procuraban no despertarme, salvo la gordita que en varias oportunidades pasó al lado del sofá rozándome con sus batatas y el animal aquel que ya desde la cocina gritaba ¡quiero galleta! Y que al parecer solo yo escuchaba al punto que por un momento casi me levanto para atajarle por el buche los tres  paquetes completos de Oreo que tenía guardado en el bolso.

Ese día y el domingo siguiente supe lo que era vivir sin la preocupación del celular. Sabía que tenía la obligación de comunicarme con mi familia pero, no obstante, durante la noche procuré enviarles pensamientos de tranquilidad a todos ellos, haciéndoles sentir que me encontraba bien y seguro. Esto realmente funcionó, ya que luego pude comprobar que tanto mi esposa como el resto de mis parientes “sintieron en todo momento” que yo estaba bien.

Ese fin de semana fue distinto, muy distinto. El cielo estaba allí, claro “como siempre” dirán ustedes, pero yo les confieso que pocas veces lo había contemplado con tanto deleite, lo disfruté de verdad. Mire el Ávila o como lo llaman ahora aquí en Caracas, el Guarairanoséqué  y me pareció fuera de serie. Sentí cómo el clima, progresivamente, iba cambiando conforme avanzaba el día y aprendí a saber la hora por los olores del viento del este y la altura del astro Rey. Ese fin de semana en la Capital me encontré a mí mismo y supe lo bello que es vivir, momento a momento, sin ayer y sin preocuparme por lo que mañana va a pasar.

Inevitablemente llegó el lunes y con él el cumplimiento del deber asignado. A las ocho en punto llegamos a la oficina gubernamental y luego de registrarme en la entrada para iniciar la jornada de trabajo que nos aguardaba, una de las atentas secretarias salió de Presidencia y junto con brindarme un aromático café me dijo: “este es el celular que dejó aquí olvidado verdad señor Marchetti?

—Tomé algo de aire, llené con amor cada cavidad pulmonar de mi pecho, sonreí, tomé el café de la bandeja y le respondí con su misma amabilidad:

—Si buena amiga, lo es, pero si quiere guárdemelo por favor hasta que salga de la reunión, si no es molestia claro.

Vi el asombro en la cara de la dulce asistente, sin embargo me devolvió una sonrisa algo complaciente y un “no hay problema, yo se lo guardo”. Esa forma de ser de las caraqueñas me seduce, y si hay algo que un oriental como yo no puede soportar de una mujer es la amabilidad, eso me cautiva y me coloca por completo a sus pies. Por un momento pensé en la gordita y me dije que si hubiese sido mayor de 40 años y con unos 40 kilos menos de peso, quizás hubiese dejado un descendiente en camino aquí en la capital.

Al final de aquel agotador lunes y ya rumbo a Puerto La Cruz DECIDI encender el teléfono celular. 53 llamadas perdidas: 7 de mi adorada esposa, 6 de mi ex (la cosa esta casi tabla, pensé), tres del ingeniero Alfonzo, unas veinte más de varios teléfonos que no reconocía, una de mi madre (¿se habrá equivocado?), tres de mi jefa —tragué grueso­— y una del jefe de mi jefa —volví a tragar grueso—.

Los mensajes de texto también superaban la capacidad de mi buzón, unos cuantos de amigos, el ingeniero Tovar echándome el cuento del mensaje que le enviaron “en mi nombre”, otros de mi esposa saludando simplemente, mis hijas con una interminable lista de cosas,  alguno más de cadenitas del día de la madre, y finalmente uno de mi madre recordándome que era su día y pidiéndome que le trajera de Caracas un KINO y un Triple gordo —me salió barata­, me dije­—.
Al final de todo aún guardo en mi corazón el sentir tan esplendoroso de haber vivido un fin de semana sin las cadenas del celular, créanme mis caros amigos antes éramos felices y no lo sabíamos. Que tengan un bello día y …. ¡No olviden escribirme a mi celular!