
Llegué a la
capital del país aproximadamente a las 4:15 am del viernes 11 de mayo, según mi celular. Como siempre
resulta más fácil para nosotros los orientales tomar un bus directo hasta La
Bandera y de allí aguardar a que amanezca
para posteriormente llegar a la estación del metro que está a pata e`mingo
del terminal y de esa forma luego adentrarnos en la selva de concreto desde sus entrañas.
Nunca he
entendido por qué razón la administración del terminal de La Bandera mantiene cerrado el acceso a sus instalaciones hasta un poco más de las cinco
de la mañana, lo cual hace que quienes llegamos muy de madrugada tengamos que
aguardar a la intemperie por más dos horas en las afueras de sus instalaciones corriendo el riesgo de
ser víctimas inocentes de decenas de cafeteros, jugueros, taxistas, pedigüeños y cualquier otro tipo de vendelotodos que pululan por allí y que de tanto insistir me habían logrado meter tres paquetes de galletas Oreo de chocolate en oferta 3 por 10, lo cual, sin
embargo, aunque es mejor que ser asaltado te deja limpio igual.
Apenas mi
teléfono Blackperry, modelo regalado,
indicó que eran las 5:00 am –hora en que normalmente abro los ojos aunque siga
dormido- un malhumorado funcionario salido de no sé de donde, armado de un
guindalejo de cien llaves, se acercó pasmosamente a la puerta desde adentro y
en menos de lo que termina el juego de las llaves en Max 3 –o como se llame-
nos dio la entrada con el regaño a todo gañote: “los baños al final a la
derecha”. Cuestión que me hubiese sido de gran utilidad media hora antes cuando, obligado por mi naturaleza humana, tuve que orinar en uno de los rincones más
solitarios de las afueras del terminal. –Por lo menos no he sido el único en
mear aquí- me dije mientras apuntaba al mismo lugar de donde corría un charco
de orine recién regado.
Cuando mi
celular repicó su alarma de las 5.30 AM –mi segundo aviso para despertar-, ya me
encontraba rumbo a la estación del metro de Caracas. No tardé en llegar ni 15
minutos los cuales aproveché para joderle la vida a mi mujer, a mis mejores
amigos y a mis colaboradores, todos por supuesto disfrutando de su "quinto sueño" y que recibirían este mensaje: “llegué bien, ya estoy en la capital, voy a coger
el metro para llegar temprano a mi reunión. Saludos”. Sé muy bien que a ninguno
de los que molestaba a esa hora le importaba un chorizo qué coño hacía yo en
Caracas y a qué había venido y lo más seguro es que me estarían mentarían la
progenitora aquellos que acostumbran dormir con el celular encendido y puesto
a la pata de la cama. Una risa morbosa me entrecruzó por los labios con solo pensar
que a más de uno le había hecho madrugar.
Mi teléfono
comenzaba a pedir carga cuando dieron las seis de la mañana, lo cual me recordó
que era bueno comerme algo antes de llegar a la reunión, pues sabía cuan
maratónicas resultan esas juntas de trabajo y como fui electo miembro con "Voz y Voto" por Anzoátegui más me valía llegar bien comidito para que no se
transformara en "Bostezo y Sueño" mi
intervención.
Como me
encontraba a unos pasos de la Asamblea Nacional, cuna de las más profundas
reformas socialistas del país, un espíritu patrio me invadió por completo y
decidí desayunarme en la primera empanadera que viera por los alrededores de la
“Casa del Pueblo y el Poder Popular”. Hermano, créame, por más que caminé y caminé y
caminé dando vueltas en redondo -¿o existen vueltas que no lo sean?- finalmente
opté por entrar a la galería que está justo al frente de la entrada al Palacio y al ver
el letrero de Mac Donald no me quedó otra que dejarme llevar por el capitalismo
salvaje y entrar en ese templo de la perdición donde para mi sorpresa pude
comerme una arepa salvaje rellena de queso amarillo –color del vil metal
orifico- y un jugo de naranja gringa todo por la exorbitante suma de 18 Bs y
para colmo me obsequiaron el diario golpista “El Nacional”. Dios me salve de caer
nuevamente en las garras de semejante anatema.
Como imaginaran al
ver mi celular y percatarme que nadie aún había respondido mis mensajitos de las cinco de la madrugada me dije: “seguro que todavía están durmiendo”. Fue entonces
cuando inicié el nuevo bombardeo contándole lo del Mac Donald frente a la
Asamblea Nacional, las arepas capitalistas y todo lo
demás que a esa hora podía ocurrírseme – y vaya que se me ocurren vainas-.
Cada cierto
tiempo ….
Ya al final de
aquel viernes de aroma logré salir apresuradamente de aquella maratónica
reunión de trabajo y de inmediato enfile hacia San Martín, lugar donde
pernoctaría ese día en compañía de la familia de una atenta camarada, miembro
también de la comisión a la cual yo pertenecía. Mi carrera se debía a dos cosas
fundamentalmente: la primera, al hambre acumulada por las largas horas de
reunión y, en segundo lugar, a que todo oriental que no conoce la capital no es
recomendable que lo agarre la noche por esas calles de Dios luego de caída la tarde.
El bus recorrió
un trecho tan largo que pude haber echado un camaroncito, sin embargo luché a
brazo partido contra ese bajo instinto –muy humano por cierto- puesto que temía
que si quedaba guindado fuese a parar quién sabe a qué lugar de Caracas.
Como a los
veinte minutos mi lazarillo me indicó: "aquí está EPA", y a dos cuadras más nos
quedamos. Habíamos llegado ya a San Martín.
Yo de inmediato
al oír “San Martín” recordé al instante a José Luis Rodríguez, no sé porqué.
Fue justo en ese
momento que -me pareció eterno- y que quedó grabado en mis neuronas cerebrales, cuando me percaté de la tragedia que me sobrevenía en plena ciudad capital. Y
es que cuando instintivamente busque mi teléfono para ver la hora logré constatar que no estaba en el bolsillo derecho de mi camisa, y vi de inmediato que aparecía ante mí un túnel de luz en
forma de remolino que giraba en el sentido de las agujas del reloj y que comunicó ese
punto de la ciudad con aquella repisa contentiva de la replica de la espada del
General Urdaneta, sobre la cual dejé mi celular cargando, alla en la sala de
reuniones.
—¡Dios mio dejé
el teléfono en la sede!–exclamé como quien de repente abre los ojos por
primera vez al mundo real.
Mi siguiente reacción lógica, espontanea e inmediata fue pretender tomar un bus para
regresar “pa`tras” por mi querido teléfono móvil. Fue entonces que mi anfitriona,
tomandome por el brazo me detuvo en seco.
—Espera
Franklin, ya pasan de las 4 de la tarde y la sede está cerrada, no hay nada
que podamos hacer, debes esperar a que la abran, de todas maneras todo queda bajo
llave, nada le va a pasar al teléfono.
—Si, ok,
gracias, mañana lo busco temprano.
—¿Mañana? Será
el lunes, mañana sábado no trabajan.
Justo entonces recibí el segundo shock en mi conciencia.
—¿Sábado? … Pero
si hoy es….es…!viernes! ¡Hay Dios!
¿Recuerdan el
túnel aquel? Bueno ahora pareciera que todas las partes etéreas de ese
torbellino volvían de una manera acelerada hacia mí. Una a una de esas partes
comenzaron a girar a mi alrededor, pero
ahora en el sentido contrario a las agujas del reloj, veía como los edificios, los vehículos, las
personas , los postes , los avisos, todo se disolvía en ese huracán inmaterial
que giraba más y más y más rápido, teniendo como centro de gravitación mi
cabeza.
—¡Franklin!
Volví a la realidad
con el grito de mi amiga quien luego de preguntarme si me encontraba bien me
pidió que apuráramos el paso para llegar a la hora de la cena.
Unos cuantos
minutos después, aunque no puedo asegurar si fueron 5, 10 o 30, llegamos a su
modesto apartamento en San Martin, en un
bien ubicado edificio adyacente a la avenida principal. Una vez allí y luego de
los saludos protocolares correspondientes al esposo, al hijo, al otro hijo, a
la hija -BIEN GORDITA- y a la otra hija-catirita y bien bonita-, al bebecito, al otro bebecito, al perro, al otro
perrito, al gato y al otro gatito, al perico y al otro periquito, respiré
profundo, muy profundo y pedí el baño prestado para tratar de ordenar mis
ideas.
—Pero no te lo
vayas a llevar— escuche de unos de los hijos que no recuerdo bien si era uno o
el otro.
Todos rieron a
la vez, yo aún no logro entender el chiste.
Ya en el baño ,
sentado el retrete —aunque aquí en el oriente lo llamamos poceta—, meditabundo,
fue cuando logré entender la realidad a la cual me enfrentaba. Pensé en primer
lugar comunicarme con mi dulce esposa en Puerto La Cruz para decirle que no
regresaría ese día tal y como teniamos planeado y acordamos que ella me esperaría en el terminal de
pasajeros necesitaba de inmediato decirle que se fuera pues ahora debía
aguardar hasta el lunes en Caracas.
—¡Coño!, ¿no me
sé el número de mi esposa?
Inutilmente
trate de buscar en las cavernas oscuras de mi memoria el numero de mi adorada
media costilla… ¿comienza en 0414…? No, el de ella es 0416… no vale es 0426….
—¡Por los clavos
de Cristo! No me sé el número de mi mujer…
Ante esta penosa
confesión opté por intentar mejor suerte
con el teléfono de mi hija mayor, M.A.
—¡Por Barrabas,
tampoco me lo sé!
Intente cuanta
persona conozco y vaya que conozco decenas: mi mama, mi tía, algunos de mis
hermanos, mi jefa, su esposo, su ayudante, mis compañeros de Kung Fu, los
metafísicos, ex compañeros de la universidad, del Consejo Comunal, del partido,
de la gobernación, socios de la cooperativa, alguna de mis ex mujeres, mis ex
novias y hasta el teléfono de mi amante, a todos sin excepción los tenía fuera
de mi cabeza.
—¡Por Belcebú y
toda su corte infernal! ¿Cómo demonios es posible esto?
Allí quedé,
sentado, cabizbajo, en medio del trance del retrete, sin saber si llorar o reír.
Un claro de luz
penetró mi mente. Recordé que hacía unos
meses compré en los chinos de la calle Libertad una pequeña agenda de bolsillo,
magnética, tipo acordeón, con tapadura metálica, para anotar los teléfonos más
importantes ya que la memoria de mi celular había llegado a su límite y cada
vez que quería guardar un numero nuevo debía fusilar a alguno de los que ya tenía almacenado.
Como pude estiré
el brazo zurdo hasta el pantalón y, sin levantar mucho mi trasero de su dura faena
de alivio corporal, halé hasta mí la prenda de vestir, tomé mi cartera y
extraje el fulano directorio que, tal cual les dije, tenía como reserva para
emergencias…
La tranquilidad
volvió a mi espíritu y lo noté porque comencé a evacuar con mayor facilidad.
—A ver, a ver, “teléfonos
de emergencia más importantes…” —leí—.
Mis manos iniciaron
la exploración con sumo deleite de aquel pequeño directorio de cartera mientras
mis ojos comenzaron a crecer hasta llegar al tamaño de dos fuertes de los
viejos y mi estreñimiento volvió.
—¡No es posible!
—grité—. ¿Nunca pasé los teléfonos?
De verdad que no
recordaba ese detalle y es que nunca había tenido tiempo para pasar los números
telefónicos a aquel respaldo y lo asombroso es que ya lo daba por hecho. Quiero
decir en honor a la verdad que no soy una persona tan desmemoriada como
pareciera, prueba de ello es que quienes me conocen pueden dar fe de que manejo
mentalmente, mas de 10 constantes físicas con hasta 12 dígitos, la Constante de
Planck, G de gravitación Universal —mi enemiga favorita— , la constante de
Rydberg, e incluso puedo decirles el valor de Pi hasta
el digito 50 y aspiro llegar a los cien. También recito oraciones en latín, “la
Clavícula de Salomón”, “La Conjuración de los Cuatro”, la de los siete, algunas
otras formulas de antiguos Grimorios, poemas propios y hasta los poemas de “Los
Niños del Infortunio” de Tarek Williams Saab —los cuales aprendí para
echar una de esas jaladas de bolas que pasan a la historia— y,
pese a ello, sin embargo, en toda mi cabeza no
existe ningún teléfono almacenado de nadie, absolutamente de nadie. ¡No tengo
perdón de Dios!
A pesar de estar
en blanco por completo, dentro de aquella
pequeña agenda telefónica hallé una tarjeta que por lo visto guardé en su
interior para anotar su número. Se trataba de la tarjeta del Ing. Carlos Tovar
Cabello, primo de Diosdado Cabello. La
tarjeta me la obsequió una vez asumió su
nuevo cargo como Gerente General de una
corporación del sur del país que suministra materiales industriales a PDVSA.
Tovar, como buen amigo de la familia, era posible que tuviese en su directorio
el número de alguno de los integrantes de mi entorno, que sé yo, mi esposa, mi
hija, alguno de ellos por lo que la tranquilidad volvió a mi carne gracias a él. No se lo he agradecido aún pero
gracias a su tarjeta y a la tranquilidad que me generó saber que ya tenía el número telefónico de mi
buen amigo Carlos Tovar, pude concluir
de manera satisfactoria mi evacuación. Gracias Tovar donde quiera que te
encuentres por ayudarme a cagar.
![]() |
| Gracias hermano por ayudarme a cagar. |
Una vez
incorporado, volví al seno de la familia que me brindaba techo y cobijo por esa
noche y ya afortunadamente para mí todo ese gentío estaba acuartelado,
únicamente una de las muchachas —la más
gordita y feíta de las dos—, esperaba pacientemente en la sala para darme las
instrucciones finales.
—Mama te esperó
un rato y tuvo que irse a dormir porque el sueño la venció, pero me pidió que te dijera que puedes dormir aquí en la sala,
en el sofá —me señaló con la boca un grueso mueble—, en la cocina está tapada
tu comida en el microondas, cualquier cosa mi cuarto es el primero de aquel
pasillo —volvió a señalar con la boca—. Me llamas si necesitas algo.
—Ok, gracias, —dije
mientras pensaba por qué no fue la flaca catirita la que me esperó.
Antes que la
gordita se despidiera me dio tiempo para pedirle que me permitiera mandar un
mensaje desde su celular para avisar “a la familia” que estaba bien.
—¡Cómo no mi
lindo!, utiliza el de mi hermano Lorenzo que está allí en la repisa- señaló con la boca el sitio donde estaba el celular-, si quieres
puedes llamar a cuanto teléfono quieras, pues tiene hablapegao de 3000 minutos y casi nunca los usa, el mío me lo quitó mi
papa para que no me llamaran más mis novios.
Dio la espalda y meneando el rabo como una miss, entró con toda picardía a su habitación, la primera de cuatro y antes de cerrar la cortina de tela de flores, me lanzó un beso que gracias a dios esquive y pegó de la pared.
Dio la espalda y meneando el rabo como una miss, entró con toda picardía a su habitación, la primera de cuatro y antes de cerrar la cortina de tela de flores, me lanzó un beso que gracias a dios esquive y pegó de la pared.
—Hay mi Dios,
aguántate Marche, esto no es contigo, y recordé el viejo dicho de mi
Presidente: “Águila no caza moscas”.
Repica
Repica
Repica
Repica
—No joda Carlos
atiende…
Repica
Repica
Repica
En estos
momentos …
Colgué.
Creo que lo
intente por 10 y hasta más veces. Al final recordé que mi buen amigo nunca
atiende llamadas de teléfonos que no reconoce. Lo recordé claramente.
—Menos mal que
no me vino a la memoria eso cuando estaba cagando—me dije.
Finalmente pensé
mandarle un mensaje:
“Carlos soy yo
Marchetti, mándame el número de mi esposa.”
Días después me
enteré que mi buen amigo recibió el mensaje y dijo:
—¿Quién coño
estará mamándome gallo haciéndose pasar por Marchetti, pidiéndome el numero de
Loren? ¡Vayan a joder pal coño!
Esa noche, daba
vueltas alrededor de la mesita donde reposaba el teléfono del hermano de la
gordita. Cambiaba de posición, una, y otra vez. Esperando la llamada de mi buen
amigo Carlos Tovar…
—Tengo hambre—me
dije— y recordé que la gordita me dijo lo del microondas y sin quitarle la
vista al teléfono, pues estaba en vibrador, di tres pasos hacia la cocina
cuando me pareció verlo iluminar y regresé de inmediato. Falsa alarma. Esa escena
la repetí por tres o cuatro veces hasta que dije: “pal coño Carlos, que llame
cuando le dé la gana”.
Entré en total
silencio a la cocina, ya eran más de las 11 de la noche, todos dormían excepto
la gordita, que estaba como esperando algo ya que sentí que cambiaba el canal
del televisor muy en silencio y había abierto la cortina de su habitación como diez
dedos.
Decidí comer la
comida sin calentar con el microondas para no hacer ruido alguno, caminaba descalzo
en el frio piso de mármol de la cocina y en cuclillas.
—¡Coño es sopa!
—me dije viendo que tendría que calentarla quisieralo o no.
Calculé de
inmediato que por la cantidad de sopa debería meterle unos 40 segundos por lo
cual procedí —muy a mi pesar— a botar un tercio del nutritivo liquido y quitar
dos verduras con lo cual estimé que reducía el tiempo de calentamiento a 25 segundos.
Programé el
microondas y pulsé Start…
—¡Ladrón!
¡Ladrón! ¡Ladrón!
Era el maldito
loro que dormía en la cocina y no me había fijado que lo tenían en una jaula
sobre la nevera. No paraba de gritar, y de verdad que la pena y el desespero me
invadieron.
—¡Cállate loro
del demonio!, ¡cállate!— le decía entre dientes pero con las ganas de tomarlo
por el cuello.
El escándalo del
avejusto ese dio la escusa perfecta para que la gorda viniera a la cocina, esta
vez en una bata de dormir que dejaba entrever todo lo que Dios le dio en exceso.
Era de verdad la resurrección de la carne en persona.
—Roberto,
siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, Franklin es amigo de la casa. —dijo la gorda que
ahora me parecía tan sexi como Valentina de “mi gorda fea”, mientras que me señalaba con la
boca puyua como si me conociera de verdad de años.
Tomó una tela
negra, cubrió la jaula del pajarraco pajuo y me explicó en bajo tono que su
mama lo entrenó para que avisara si alguno de sus hermanos salía de madrugada a
comerse la comida de la nevera, y que
habían olvidado taparlo. Tomó una jarra de agua de la nevera, dos vasos de
vidrio y dándome un beso en medio labio
izquierdo me volvió a dar las buenas noches y con su tumbao de miss se regresó a
su aposento, esta vez dejando abierta la cortina a la mitad.
![]() |
| Tentaciones de media noche
—Quieto
marchetico, quieto allí, mira que la
masa no está pa` bollo— me dije dirigiendo la mirada para abajo.
|
Sentirse solo en
una ciudad tan grande como Caracas es una experiencia que te reduce a la mínima
expresión. Más aún si a esa soledad le agregas que te encuentras desconectado
de todo y de todos, que no existe forma alguna de saber de tus seres más
queridos ni que ellos sepan de ti te produce una sensación similar a lo que
algunos aseguran que es la muerte. Eso sentía, para mí me encontraba en un
punto del espacio-tiempo donde no lograba ni avanzar ni retroceder, era el “no-tiempo”
de Jhon Asford, el “Universo Paralelo” que tanto trata de explicar la doctora
Rosaelena Salas en sus apasionantes charlas de inducción a la Ayahuasca. Para mí era simplemente un estado
mental, y es que al no poder conectar con nadie mi pensamiento y mi sentir
pasaron a ser todo mi universo. Recordé de inmediato a Ernesto Sábato y el
primer libro que leí de él: “Yo y el Universo”.
Era Franklin aquí y ahora, sin
mensajes de texto que leer ni que responder,
sin llamadas que hacer y que recibir. Sabía que existían seres a los que
amaba y anhelaba ver, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mi esposa, mis ex
novias —menos aquella de Sucre, claro—, a todos ellos los quería, sentía en mi
corazón algo hermoso por ellos, pero nada podía hacer para tenerlos a mi lado,
nada. Créanme amigos invisibles —con tu permiso Uslar—, sentí que estaba
muerto, sin existencia propia, me hallaba en otro plano existencia.
Conforme esa sensación
que generó mi desconexión del teléfono celular avanzaba, ya no estaba en el
frio sofá aquel de aquella sala, ya no existía más la gordita seductora, ni la
deseada flaca que nunca vino, pero lo peor es que al no tener a mi lado el
móvil no podía ver las fotos de mis niñas, de mis últimos eventos, de la
conferencia de los Mayas, no tenía acceso a mi álbum fotográfico y poco a poco, hasta el recuerdo de mis
familiares comenzó a desvanecerse de mi memoria. Ya no lograba visualizar a mis
hijos, a mis padres, ¡a nadie!
Al amanecer de
ese día recordaba claramente mis sueños, cosa que no es poco común en mí. Eran
tan claros que pasaron a sustituir los recuerdos de las fotografías que tenía
en el celular. Esa noche soñé con mi ciudad a la cual veía desde las nubes,
miraba como millones de lucecitas titilando allá abajo mientras mi espíritu se
elevaba más y más alto. Volé a los Altos de Santa Fe, mágico enclave oculto en medio del Turimiquire, vi
la casa de Jhon y de su amada Rosiris, la azulada piscina de su hogar, las
sillas, los frondosos árboles, la gruta de Pacha Mama.
Luego giré hacia el
norte y decidí recorrer el mar, ese inmenso Mar Caribe, muy bravo hacia la costa, pero sumiso e inerte en sus adentros, me parecía estar inmerso dentro de un cuadro al oleo, era como si con sus olas recias
regañaba permanentemente la tierra y a sus moradores mientras que allá, mar
adentro, cobijaba con un suave y tierno vaivén acompañado de un susurro a los
pescadores que en faena se adentraban a él. Todo ello lo veía y me llenaba de
un regocijo único y nunca antes experimentado por mí, era el Franklin etéreo,
el puro, sin cuerpo, sin tiempo y sin espacio, sin recuerdos, sin pendientes, todo era yo y a la vez yo le pertenecía a
todo. Eso era existir.
El cantó de los pájaros
que se posaban en el balcón de la sala fue ayudándome a abrir los ojos lentamente
hasta volver a “la realidad”. Era sábado 12 de mayo, yo estaba durmiendo en
casa de una colega docente que también forma parte de la Comisión la cual yo
integraba. Podía ver a través de la sabana el tremendo agite de aquella
numerosa familia, todos me suponían dormidos y procuraban no despertarme, salvo
la gordita que en varias oportunidades pasó al lado del sofá rozándome con sus
batatas y el animal aquel que ya desde la cocina gritaba ¡quiero galleta! Y que
al parecer solo yo escuchaba al punto que por un momento casi me levanto para
atajarle por el buche los tres paquetes
completos de Oreo que tenía guardado en el bolso.
Ese día y el
domingo siguiente supe lo que era vivir sin la preocupación del celular. Sabía
que tenía la obligación de comunicarme con mi familia pero, no obstante,
durante la noche procuré enviarles pensamientos de tranquilidad a todos ellos,
haciéndoles sentir que me encontraba bien y seguro. Esto realmente funcionó, ya
que luego pude comprobar que tanto mi esposa como el resto de mis parientes
“sintieron en todo momento” que yo estaba
bien.
Ese fin de
semana fue distinto, muy distinto. El cielo estaba allí, claro “como siempre”
dirán ustedes, pero yo les confieso que pocas veces lo había contemplado con
tanto deleite, lo disfruté de verdad. Mire el Ávila o como lo llaman ahora aquí
en Caracas, el Guarairanoséqué y me pareció fuera de serie. Sentí cómo el
clima, progresivamente, iba cambiando conforme avanzaba el día y aprendí a
saber la hora por los olores del viento del este y la altura del astro Rey. Ese
fin de semana en la Capital me encontré a mí mismo y supe lo bello que es
vivir, momento a momento, sin ayer y sin preocuparme por lo que mañana va a
pasar.
Inevitablemente
llegó el lunes y con él el cumplimiento del deber asignado. A las ocho en punto
llegamos a la oficina gubernamental y luego de registrarme en la entrada para
iniciar la jornada de trabajo que nos aguardaba, una de las atentas secretarias
salió de Presidencia y junto con brindarme un aromático café me dijo: “este es
el celular que dejó aquí olvidado verdad señor Marchetti?
—Tomé algo de
aire, llené con amor cada cavidad pulmonar de mi pecho, sonreí, tomé el café de
la bandeja y le respondí con su misma amabilidad:
—Si buena amiga,
lo es, pero si quiere guárdemelo por favor hasta que salga de la reunión, si no
es molestia claro.
Vi el asombro en
la cara de la dulce asistente, sin embargo me devolvió una sonrisa algo
complaciente y un “no hay problema, yo se lo guardo”. Esa forma de ser de las
caraqueñas me seduce, y si hay algo que un oriental como yo no puede soportar
de una mujer es la amabilidad, eso me
cautiva y me coloca por completo a sus pies. Por un momento pensé en la gordita
y me dije que si hubiese sido mayor de 40 años y con unos 40 kilos menos de
peso, quizás hubiese dejado un descendiente en camino aquí en la capital.
Al final de
aquel agotador lunes y ya rumbo a Puerto La Cruz DECIDI encender el
teléfono celular. 53 llamadas perdidas: 7 de mi adorada esposa, 6 de mi ex (la
cosa esta casi tabla, pensé), tres del ingeniero Alfonzo, unas veinte más de
varios teléfonos que no reconocía, una de mi madre (¿se habrá equivocado?),
tres de mi jefa —tragué grueso— y una del jefe de mi jefa —volví a tragar
grueso—.
Los mensajes de
texto también superaban la capacidad de mi buzón, unos cuantos de amigos, el
ingeniero Tovar echándome el cuento del mensaje que le enviaron “en mi nombre”,
otros de mi esposa saludando simplemente, mis hijas con una interminable lista
de cosas, alguno más de cadenitas del
día de la madre, y finalmente uno de mi madre recordándome que era su día y pidiéndome
que le trajera de Caracas un KINO y un Triple gordo —me salió barata, me dije—.
Al final de todo
aún guardo en mi corazón el sentir tan esplendoroso de haber vivido un fin de
semana sin las cadenas del celular, créanme mis caros amigos antes éramos
felices y no lo sabíamos. Que tengan un bello día y …. ¡No olviden escribirme a
mi celular!


















